Siendo mamá mis sentires al aire

Tengo dos hijos, no me imaginaba madre, esa idea no cabía en mi cuerpo, uno me eligió como mamá hacen veintidos años, el otro trece atrás, en dos décadas totalmente distintas.

Con el mayor mis proyectos viraron completamente yo estaba a pleno trabajando, siendo independiente, el embarazo me replanteó, me convertí en ama de casa por cuestiones de salud más que por decisión, no sabía qué hacer conmigo misma, el trabajo rellenaba mis agujeros y quedaron vacíos, otra vez. Esa sensación duró poco, cuando arribó con mucho apuro, antes de los ocho meses, mi mente se saturó de miedo, nació muy pequeño y tuvo que residir en esas impolutas incubadoras por quince días; contrario a los pronósticos en un par de meses repuntó y se convirtió en un lechoncito que lloraba noche y día, yo lo denominaba el síndrome de la incubadora, hasta la fecha no le gusta estar en espacios chicos y sólo.

El segundo me desbarató la existencia, para bienes, no estaba preparada para recibirlo a él y a mis cuarenta años juntos, el rol de abuela me cabía más. Iluminó mi ser y hoy es mi ancla, es el que me mantiene más activa e insertada otra vez en el mundo actual. Disparatado y alegre me lleva de la mano y no me suelta jamás.

Estos amores me sorprendieron, me alcanzaron de repente, sin esperarlos, sin pedirlos siquiera, porque lo más incuestionable proviene de una antigua vibración que te persigue hasta alcanzarte.

Mi hijo millennial vive en Buenos Aires, una decisión que tomé con la mente, mi corazón jamás lo hubiera aceptado. Mis dudas se disiparon a los dos meses cuando me dijo “encontré mi lugar en el mundo” y en ese preciso instante el aire que subsistía atascado en mi garganta, desde el día que se fue, se liberó en un largo suspiro que no cesaba nunca, junto con mi egoísmo maternal. Cuando me planteo por qué pude soltar a mi niño sol la respuesta es siempre la misma, el instinto de madre nunca traiciona. Se ha convertido en un adulto responsable, trabaja (sin tener la necesidad) y estudia, lo perfilan su bondad, empatía y generosidad ilimitada.

Ser mamá de mi hijo centennial es un desafío constante. Recuerdo el día que nació, todo planificado y en tiempo, lo sacaron de mi enorme vientre, lo ví y supe cuál sería su nombre, los ángeles me lo susurraron en el oído, cuando me lo acercaron todo pegotoso y con una melena amarilla disparatada; una rareza en un recién nacido.

Aún me pregunto de dónde provienen los genes que lo conformaron en un rubio de ojos azules. Su personalidad es avallasante, seductor y pícaro. Tiene opiniones para todo y maneja los más variados temas. Está en constante movimiento mientras recorre su adolescencia en estos tiempos tan difíciles de montaña rusa.

Mis hijos no son perfectos, ni quiero que lo sean, los críe sola en sus primeros años, como pude. Tienen sus altibajos, sus desaciertos y cada cual su carácter. No pretendo cambiarlos, sólo guiarlos. Como toda mamá los amo como son.

Por: Bea Panasiti

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