Aterrizando….el exilio

Cuando tenía diez un ventarrón azotó mi pequeño alma. Se me desbarató la infancia, mi madre partió, mi padre se confundió y a partir de ese exacto hecho todo mi ser se inundó de una realidad incomprensible. Mi brújula interior comenzó a girar sin control alguno. Sólo el tiempo lo ha podido recomponer, pero nunca en su totalidad. Vivíamos en Estados Unidos, en donde nací. El exilio, en ese momento, fue la mejor solución.

Como un paracaidista aterricé en los amplios brazos de mi Nona, ella me acogió en este país. Su casa fue el  lugar en donde me instalaron al morir mi madre. Una inmigrante tana, empeñosa, la ama de casa modelo, cocinera exepcional.  Aún alguien de la familia conserva el baúl lleno de incógnitas con el que atravesó el mar de pequeña, con otro idioma insertada en su boca. Un dialecto que aún en estos tiempos, por herencia, conservamos y cada tanto  alguna palabra usamos en las conversaciones del clan.

Me es inevitable mencionar a mi tía que como un equipo de primeros auxilios me socorrió; soltera, sin hijos, con título universitario; la eterna compañera de la nona.
Se encontró de repente conmigo y mi devastación y una tarea colosal por delante, encaminar a esa niña desorientada que era yo. Todo su buen empeño fue invertida en mi educación, y aún así, jamás permití que se acercara demasiado a mi corazón rajado sin zurcir.
Mi nona y mi tía, eran un dúo que con buenas intenciones intentaron darme lo mejor, mediante una rigurosa concepción religiosa, la culpa constantemente recubría mi piel. Las decepcioné bastante, no lograba alcanzar los estándares que habían pre fijado para mí, yo me rebelaba metódicamente ante las comparaciones constantes con los modelos correctos que todas mis primas parecían imitar a la perfección, o eso creía yo.

El nuevo idioma me aplastaba, vivía en el mundo de los sordos mudos, era más fácil no comunicarse, no escuchar, no decir. Sólo negar el cambio tan sideral ante el cual me hallaba en contra de mi voluntad, la opción de elegir nunca existió.
Este país tan lejano del mío de origen, lo percibía con un dejo atónito de lo desconocido, de lo incierto. Por aquellos años con los militares al mando era sentirse transportada a otra galaxia, las costumbres, el aire, los aromas, las personas, una incomprensión total. Caminar por las veredas para mí era una total extrañeza, y ni hablar de esas primeras noches cuando mi nona me tendía una bolsa de agua caliente, enfundada con mis iniciales bordadas, ignoraba para qué servía, yo venía de la calefacción central. Con cuánto cariño se abocaron a recibirme, cada puntada de ese bordado se realizó con amor y pena, el cuarto decorado todo de rosa con tanto esmero, sin embargo no alcanzó para sentirme acogida.

De repente mi padre se hace presente, aunque pretendo eludirlo. De él si tengo memorias de mi primera infancia. La ilusión de verle llegar del trabajo con un premio bajo el brazo, se inclinaba para estar a mi estatura y sosteniendo entre sus manos mágicas una bolsa de papel color té (no me permitía pispiar adentro) yo estiraba mi mano regordeta dentro de la bolsa palpando hasta encontrar alguna golosina de mi preferencia.
Más nada importaba, sus malhumores, su ausencia, su nada. Luego se disolvió para mi ese superhéroe de mi fantasía infantil, cuando ella se fue, él de alguna inconcebible manera se esfumó. Dejó de ser mi padre, dejó de ser él, mutó en un ser irreconocible, un extraño que decía ser mi progenitor. A pesar de ello compartimos muchísimos momentos, era como un amigo divertido, de a tramos, consejero, parrandero y buen cocinero.
No lo volví a reconocer cabalmente hasta su final. Lo cuidé incansablemente en un intento por salvaguardar tantos años de desencuentro, lo perdoné, me perdoné y lo despedí para que buscara por el Universo a la mujer que tanto amó.

Hace un rato me he observado en el espejo, que no es lo mismo que mirarse en el espejo, y me agradó mucho lo que ví; una mujer que sabe lo que es la “completud” que lo ha sentido a fondo. A la vez, mientras hacía este ejercicio, con la precisión de un restaurador de cuadros, me dije (tengo esa bizarra costumbre de hablar sola) a mi misma has llegado hasta aquí, estás completa, estás siguiendo tu camino, estás escribiendo, lo has conseguido.

Continuará…..

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