Adolescencia, montaña rusa

La adolescencia me pareció un campo minado, era como estar en una montaña rusa inestable y sin frenos.
Todo un séquito de tías controlando mis pasos, como podían, como les salía, con amor se empeñaban en encaminarlos en la dirección correcta; sin resultados.
Yo me desviaba de esa difusa línea recta hacia otros rincones en dónde me sentía más a gusto con tal de refugiar las lágrimas no soltadas; el dolor se me escondió en algún recoveco aislado.
Quise llorar pero no pude. Dicen que incluso las lágrimas pierden fuerza, se cansan y un día se rehúsan a salir. Me ocurrió y finalmente muchos años más tarde decidieron caer, como una catarata descontrolada.

Crucé la secundaria con una que otra dificultad, estudiar no era un problema, no me hacía falta, con leer me era suficiente, mucho no me interesaba, mi foco estaba en concentrarme en aquellos libros que me colmaban y me evadían de una realidad que no se acomodaba a mi ser.
Los militares, la guerra de Malvinas, fueron testigos de los vaivenes de aquella época que marcó de alguna manera la educación inculcada, o no permitida. La secundaria tan propagandeada como “la mejor etapa de la vida” a mí no me lo pareció. Era una cárcel, sólo quería que terminara, a fin de recorrer otras experiencias, siempre ansiosa, siempre adelantándome, corrriendo una carrera hacia un futuro incierto. Nunca me sentí cómoda entre mis pares, quizás la soberbia que portaba me lo impedía.

Llegó la época de las salidas y el novio de la secundaria, mi elección obviamente no fue bien recibida no poseía las virtudes del candidato ideal. El entusiasmo se me apagó en el viaje de egresados al conocer a otro que se acercaba más al modelo apropiado, rubio de ojos azules, un galán en toda su extensión, alegre, simpático. Lo que más me impactó de él era su inteligencia y cultura. Me llevaba unos cuantos años, me enamoré locamente. Estrenó mi cuerpo así conocí la pasión. No prosperó y otra vez la daga en el corazón. A través de los años quisimos volver en repetidas ocasiones entre años salteados, pero no resultó. Hasta que nos dimos por vencidos, él ya con otro amor se mudó a otro país.
Recién en ese entonces pude desterrar ese sentimiento totalmente. Actualmente y gracias al avance tecnológico nos hemos reencontrado, manteniendo una férrea amistad internetiana. Mutó la forma pero el vínculo persiste, desde otro lugar confortable.
Hubieron varios romances posteriores, unos mejores otros peores, pero siempre buscando el que me no me convenía, el que me condujera a quererme cada vez menos. Mi autoestima ya estaba lacerada y no había forma de cicatrizarla, sólo seguir abriendo la herida más hondamente.

Y la anorexia se hizo presente, la angustia que tapaba se instaló en mi garganta sin permitirme tragar. No lo pensaba, el no comer, sucedía simplemente. No me importaba mi figura jamás reparé en esa faceta de mí. Soy de las afortunadamente flacas eternas, siempre en el límite del bajo peso. Nunca supe lo que significaba la privación alimentaria por dieta. No podía comer, no me interesaba comer.

Continuará….

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