Adaptándome a lo nuevo, a lo desconocido

Continuando….

Aprender un idioma nuevo no fue tarea liviana, las palabras se me atascaban en la garganta queriendo decir algo y expresando otra cosa intelegible para los que me rodeaban. Había que continuar con la educación escolar, todo un desafío, tuve que rendir exámenes para entrar a la escuela. El día que me tocó el de inglés recuerdo que volaba de fiebre, más que elocuente, mi cuerpo comenzó a entrenarse en el arte de la psicomatización, hábito que quedó incrustado en mi ser hasta la fecha. Soy una psicomatizadora serial. Me recibieron bien en la institución elegida, aunque las miradas se dirigían hacia mí como si proviniera de Marte.
Alguien me tendió la mano y se sentó junto a mí, una niña con aspecto de Chilindrina, chapecas, lentes y todo. Se tornó mi enlace con los demás. Sigo enlazada con mi compañera de banco, Gabriela Catallini, actualmente vive en Buenos Aires; una gran profesional comprometida con lo suyo y una caterva de varones por hijos, otra de mis almas afines. Y su hermano mellizo también, mi primer temblor de amor.
La primaria pasó sin grandes tropiezos, aunque mirándo hacia atrás con la óptica de hoy el bullying estaba siempre presente.  La tortura de los actos del colegio me empañaban aunque mi tía nunca faltaba, la ausencia de madre persistía. Bajo ninguna circunstancia he dejado de asistir a los actos de mis hijos lo más probable es que fomento esta actitud más por la mirada alicaída de aquella niña que fui, que por ellos, aunque siempre estuvieron atentos registrándome entre la gente en cada evento colegial.
Volviendo a los lazos familiares, mi abuelo materno fue una gran influencia en mi vida.  Sudaba abolengo por todos sus poros.  Le debo mi amor y compulsión por la lectura, los modales de princesa. Me entrenaba metódicamente colocando servilletas bajo mis axilas con el fin de pelar una naranja utilizando los cubiertos y sin levantar vuelo.
Mis conocimientos de ajedrez, otro agregado; su aficción a esta disciplina lo impulsaba a lucir sus dotes pedagógicos sin demasiada paciencia. Me instruía a fin de seguir ganándome cada partido y dejándome esa sensación de incomprensión luego de haber puesto toda mi concentración en cada jugada. Ya no me acerco a un tablero de ajedrez, en contadas ocasiones, solamente cuando alguno de mis hijos me reclama, con pereza observo el juego y con un resabio amargo. Los dejo ganar en un afán de ser partícipe del aumento de su autoestima.
Mi abuela materna vino al mundo con el porte de reina y con un pasado colmado de misterios. El vínculo con ella era otro, más distante aunque también tenía la manía de convertirme en dama o en modelo. Logro que alcanzó por una breve temporada. Colocaba libros sobre mi cabeza, un cinturón elástico que apretaba en demasía mis víceras a fin de estrechar mi talle, y así debía caminar ida y vuelta en una pasarela imaginaria hasta lograr la perfección de mi postura.
Y llegó la adolescencia y mucho para relatar.
Continuará….

 

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